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Viviendo en una burbuja

Por IDDAM | Blogs | Comentarios cerrados | 19 junio, 2026 | 0

Mientras en el mundo las personas luchan y sufren para sobrevivir, el pueblo de Dios vive protegido dentro de una burbuja. Como cristianos, ¿somos conscientes de este privilegio?

Desde que nos mudamos de país con mi familia (mi esposo es de Guatemala y yo soy de Chile y ahora vivimos en Canadá), hemos tenido la oportunidad de poder compartir con diferentes personas de distintas nacionalidades. Muchos de ellos no son miembros de la Iglesia. Esto nos ha dado la oportunidad de conocer las historias de vida de varias personas, y las muy diversas razones por las cuales cada uno tomó la decisión, forzada o no, de emigrar. Conocemos a personas de Siria, Irán, India, Ucrania, Rusia, China, Afganistán, Pakistán, Corea, Filipinas, Armenia, Venezuela, República Dominicana, México, Camerún, Nigeria, Uganda y podría seguir nombrando más países. Las personas de que hablo no pertenecen a la Iglesia de Dios, como ya lo mencioné al principio, pero todas ellas tienen en común el haber dejado su país, por una razón u otra.

Cada una de las historias de vida que he escuchado me ha impactado profundamente y me ha hecho reflexionar acerca de nuestra realidad como cristianos, como pueblo escogido de Dios y del gran privilegio que esto conlleva. En la Iglesia de Dios vivimos bajo una burbuja privilegiada en donde el Creador nos protege a diario de mil maneras, lo cual nos permite vivir muy ajenos a la realidad en la que viven la mayoría del resto del mundo.

Cuando uno ha vivido en un mismo lugar, compartiendo con las mismas personas, saboreando la misma comida, deambulando por los mismos caminos, hablando un mismo idioma, se hace muy difícil comprender a cabalidad la realidad que pudiera estar viviendo otra persona del otro lado del planeta.

Si bien las noticias, documentales o incluso algunas películas, basadas en hechos reales, intentan mostrarnos lo que está pasando en otros lugares, nada de esto se compara con la experiencia de conversar cara a cara con alguien que está viviendo en carne propia una realidad que pareciera de otra dimensión.

Dios nos ha llamado a seguir su camino de vida y apartarnos de este mundo, pero a veces no nos percatamos de que, junto con este llamamiento, Dios nos cobija y nos protege, haciéndonos vivir en una burbuja que nos permite gozar de muchos privilegios.

En todos los años en que he vivido fuera del país que me vio crecer, en todos los lugares que he podido visitar a los hermanos de distintas congregaciones y de diferentes partes del mundo, nunca he escuchado historias tan terribles como las historias que he escuchado de personas que no son de la Iglesia.

Fuera de la burbuja

He conocido a familias enteras que vienen huyendo de la guerra, de persecuciones, de la miseria humana más terrible. Son historias que hasta me hacen dudar de que todos estemos viviendo en el mismo planeta.

No me da vergüenza admitir que mientras escucho estas historias, y mientras más indago en ellas, me invade la angustia, el pesar y la tristeza. En un par de ocasiones he llegado de regreso a casa muy triste, tanto así que me he puesto a llorar de rodillas. En otras ocasiones he sentido la necesidad imperiosa de abrazar con mucha fuerza a mis hijos, y entre lágrimas querer protegerlos del mundo externo.

Como algo irreal

Creo no conocer a ninguna persona de nuestra Iglesia que desde que aceptó su llamamiento haya pasado situaciones difíciles como las que intento exponer. Si busco en los archivos de mi memoria no encuentro a niño de la Iglesia que haya tenido que huir completamente sólo de una guerra y que ahora esté viviendo con una familia que no es la suya.

No he conocido a alguna mamá de la Iglesia que por buscar un futuro mejor para sus hijos haya tenido que huir de su país a pie o tenido que pasar la noche entera a la deriva en una balsa a medio hundirse con decenas de personas intentando lo mismo, rogándole a Dios que por favor le dé fuerzas para no soltar a su bebé de sus brazos y no perderlo en la oscuridad de la noche.

No he conocido en la Iglesia a niños pequeños huir con terror despavoridos al escuchar un ruido de avión o algo estruendoso cruzando el cielo y soltando granadas, mientras sus mamás intentan calmarlos. No he conocido en la Iglesia a alguien que tuvo que casarse con alguien que jamás había visto en su vida, porque sus papás llegaron a un acuerdo de matrimonio y porque era la única forma en que la familia pudiera tener pan en la mesa.

Nunca he sabido de una mamá hablando por teléfono con su hijo de 17 años que se quedó solo en su país de origen como soldado de una guerra que parece no tener fin. Nunca he escuchado a ningún papá relatar que tuvo que cruzar la frontera a pie, para luego esperar que su familia también lo hiciera. Así vivieron en otro país, y luego en otro, y en otro… hasta poder estar en un nuevo país en el cual todos intentan reconstruirse.

Hay otras historias que podría seguir compartiendo aquí, pero mi propósito es que reflexionemos juntos y apreciemos el llamamiento de Dios, en cómo Él nos apartó de este mundo y nos mantiene bajo su cuidado en una “burbuja de privilegio” que muchas veces damos por sentado.

Sé que contarles todo esto puede ser como ver las noticias en la televisión. Puede que se nos conmueva el corazón, momentáneamente. Pero rápidamente, una vez que comienza la sección deportiva, con los goles y reportes de nuestro equipo favorito, o cuando pasan la propaganda del momento, o quizás cuando comienza nuestra serie favorita, se nos pasa la conmoción del sufrimiento de otras personas. Y así seguimos nuestras vidas con normalidad. La realidad es que en la Iglesia de Dios estamos siendo protegidos por una burbuja y debemos apreciar esa protección. Ése es mi punto.

Dios no retarda su promesa

En 2 Pedro 3:9 leemos: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (énfasis añadido).

El llamamiento de Dios nos da la esperanza de un futuro de paz y prosperidad para todo el mundo que ahora sufre, pero a nosotros en la actualidad Él nos provee gozo y nos llena de privilegios. La protección de Dios es un privilegio muy grande que nos aparta de vivir estas experiencias terribles que viven personas que no conocen al Dios verdadero.

Esta enorme bendición a menudo puede pasar desapercibida, sobre todo si ocupamos la mente con situaciones frívolas como: si hace mucho calor o demasiado frío, si hay mucho tráfico vehicular, si nuestro viaje es muy largo para llegar a nuestro trabajo, si la comida en la fiesta de Tabernáculos no estuvo buena, si los servicios de sábado son en la mañana o si son en la tarde… y podemos seguir. ¿No es así?

Entonces, ¿qué podemos hacer con este privilegio de vivir en esta burbuja de protección de Dios? La respuesta cada uno la conoce: no demos por sentado que Dios nos tiene en su burbuja. Demos gracias a Él por su protección, seamos positivos con todo lo que tenemos ahora y ayudemos a otros en situaciones difíciles, en la medida de nuestras posibilidades.

 

Crédito de la imagen: ArtRachen01 a través de iStockphoto

Este artículo fue escrito Por Astrid Sepúlvedad, Miembro de IDDAM en Canadá.

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