La lengua es un órgano pequeño que tiene el poder de animar y edificar, pero también de destruir. ¿Cómo estamos usando este órgano?

La lengua humana pesa aproximadamente 60 gramos y mide menos de 10 centímetros de largo. En una persona adulta con peso promedio, la lengua representa un 0,08 % del peso total del cuerpo.
Aunque es un órgano pequeño, la lengua está compuesta por 17 músculos, lo que le permite realizar funciones esenciales como la masticación, la deglución y la articulación del habla.
Para la masticación, la lengua mueve y mezcla el alimento junto con la saliva para formar el bolo alimenticio. Para la deglución, la lengua ayuda a empujar el alimento hacia la garganta para ser tragado. Para poder pronunciar palabras, la lengua, junto con los dientes, los labios y el paladar articulan los sonidos del lenguaje.
Pero la lengua también tiene el poder de causar guerras, romper hogares y herir el alma. Lo mismo puede sanar como edificar y levantar al caído.
Así de importante es nuestra lengua. Pero ¿qué dice la Biblia acerca de este miembro tan pequeño de nuestro cuerpo? ¿Cómo la estamos usando?
El rey David escribió: “Yo dije: Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté delante de mí” (Salmos 39:1).
Aún conociendo las funciones tan esenciales e importantes de nuestra lengua, la Biblia nos dice que podemos pecar con ella. Es tan sensible que, si la utilizamos mal, podemos quebrantar los mandamientos de Dios.
El rey Salomón también reconoció este defecto en los seres humanos: “En las muchas palabras no falta pecado; más el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19).
Santiago, el hermano de Jesucristo y líder de la Iglesia en Jerusalén, escribió una de las cartas más inspiradas que podemos leer. En su carta, Santiago nos muestra el peligro de usar nuestra lengua de manera equivocada. Él dice: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19) y además señala “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26).
La lengua tiene el poder de destruir
El apóstol Santiago compara la lengua con un fuego. Y así como el fuego puede ser útil, también es destructivo. El apóstol señala: “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Santiago 3:5-6).
Los chismes, las críticas, las mentiras y las palabras hirientes son semejantes a un intenso fuego que consume todo a su paso. “El hombre perverso promueve contienda, y el chismoso separa a los mejores amigos” (Proverbios 16:28; Reina Valera 1995).
La lengua revela lo que hay en el corazón
Si uno tiene una fe y obras vivas, basadas en la Palabra de Dios, lo que uno dice será consecuente con lo que uno hace. Jesucristo expresó: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).
David, un hombre conforme al corazón de Dios, dijo: “Mi lengua hablará también de tu justicia todo el día” (Salmos 71:24).
Lo que decimos refleja lo que somos. Si nuestra manera de hablar expresa odio, amargura, resentimiento, burla, eso es lo que hay dentro de nuestro ser. En cambio, si nuestro corazón alberga todo lo contrario, nuestras palabras serán de amor, de vida y de verdad.
Nuestra manera de hablar debe honrar a Dios
Humanamente, no podemos controlar la lengua. Sólo con la ayuda de Dios, con un corazón que ha sido cambiado por la obra del Espíritu Santo, podemos hablar como conviene.
Nuevamente el apóstol Santiago explica: “Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3:8-10).
Santiago dice que no debemos actuar de esa manera, ya que con la misma lengua no podemos alabar a Dios y maldecir a nuestro hermano.
La lengua puede ser usada para glorificar a Dios. Dice Salomón: “La lengua apacible es árbol de vida; más la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu” (Proverbios 15:4).
Es de notar entonces, que la lengua puede sanar: con una palabra de aliento, con una oración de intercesión o con un consejo sabio. Podemos usarla para predicar, para adorar, para enseñar.
Dios quiere que le pongamos un freno a nuestra lengua, quiere que purifiquemos nuestro hablar, y quiere que usemos nuestras palabras para edificar a nuestros semejantes, no para destruirlos.
Podemos pedirle a Dios con un corazón sincero, haciendo nuestras las palabras que David utilizó en uno de sus salmos: “Señor, pon guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios” (Salmos 141:3).
Crédito de la imagen: Deagreez a través de iStockPhoto
La lengua humana pesa aproximadamente 60 gramos y mide menos de 10 centímetros de largo. En una persona adulta con peso promedio, la lengua representa un 0,08 % del peso total del cuerpo.
Aunque es un órgano pequeño, la lengua está compuesta por 17 músculos, lo que le permite realizar funciones esenciales como la masticación, la deglución y la articulación del habla.
Para la masticación, la lengua mueve y mezcla el alimento junto con la saliva para formar el bolo alimenticio. Para la deglución, la lengua ayuda a empujar el alimento hacia la garganta para ser tragado. Para poder pronunciar palabras, la lengua, junto con los dientes, los labios y el paladar articulan los sonidos del lenguaje.
Pero la lengua también tiene el poder de causar guerras, romper hogares y herir el alma. Lo mismo puede sanar que edificar y levantar al caído.
Así de importante es nuestra lengua. Pero ¿qué dice la Biblia acerca de este miembro tan pequeño de nuestro cuerpo? ¿Cómo la estamos usando?
El rey David escribió: “Yo dije: Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté delante de mí” (Salmos 39:1).
Aun conociendo las funciones tan esenciales e importantes de nuestra lengua, la Biblia nos dice que podemos pecar con ella. Es tan sensible que, si la utilizamos mal, podemos quebrantar los mandamientos de Dios.
El rey Salomón también reconoció este defecto en los seres humanos: “En las muchas palabras no falta pecado; más el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19).
Santiago, el hermano de Jesucristo y líder de la Iglesia en Jerusalén, escribió una de las cartas más inspiradas que podemos leer. En su carta, Santiago nos muestra el peligro de usar nuestra lengua de manera equivocada. Él dice: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19) y además señala “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26).
La lengua tiene el poder de destruir
El apóstol Santiago compara la lengua con un fuego. Y así como el fuego puede ser útil, también es destructivo. El apóstol señala: “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Santiago 3:5-6).
Los chismes, las críticas, las mentiras y las palabras hirientes son semejantes a un intenso fuego que consume todo a su paso. “El hombre perverso promueve contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos” (Proverbios 16:28; Reina Valera 1995).
La lengua revela lo que hay en el corazón
Si uno tiene una fe y obras vivas, basadas en la Palabra de Dios, lo que uno dice será consecuente con lo que uno hace. Jesucristo expresó: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).
David, un hombre conforme al corazón de Dios, dijo: “Mi lengua hablará también de tu justicia todo el día” (Salmos 71:24).
Lo que decimos refleja lo que somos. Si nuestra manera de hablar expresa odio, amargura, resentimiento, burla, eso es lo que hay dentro de nuestro ser. En cambio, si nuestro corazón alberga todo lo contrario, nuestras palabras serán de amor, de vida y de verdad.
Nuestra manera de hablar debe honrar a Dios
Humanamente, no podemos controlar la lengua. Sólo con la ayuda de Dios, con un corazón que ha sido cambiado por la obra del Espíritu Santo, podemos hablar como conviene.
Nuevamente el apóstol Santiago explica: “Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3:8-10).
Santiago dice que no debemos actuar de esa manera, ya que con la misma lengua no podemos alabar a Dios y maldecir a nuestro hermano.
La lengua puede ser usada para glorificar a Dios. Dice Salomón: “La lengua apacible es árbol de vida; más la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu” (Proverbios 15:4).
Es de notar entonces, que la lengua puede sanar: con una palabra de aliento, con una oración de intercesión o con un consejo sabio. Podemos usarla para predicar, para adorar, para enseñar.
Dios quiere que le pongamos un freno a nuestra lengua, quiere que purifiquemos nuestro hablar, y quiere que usemos nuestras palabras para edificar a nuestros semejantes, no para destruirlos.
Podemos pedirle a Dios con un corazón sincero, haciendo nuestras las palabras que David utilizó en uno de sus salmos: “Señor, pon guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios” (Salmos 141:3).
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