¿Por qué tuvo que morir Jesucristo? Jesucristo pagó con su vida la pena de muerte que pesaba sobre la humanidad con su sangre preciosa, debido a que hemos infringido las leyes justas de Dios: “pues el pecado es infracción de la ley”, ya que “todo aquel que comete pecado, infringe también la ley” (1 Juan 3:4).
Al infringir la ley de Dios, nos hemos acarreado por consecuencia la “pena de muerte” por nuestros propios actos “porque la paga del pecado es muerte…”. Sin embargo, Dios en su infinito amor y misericordia envió al Unigénito para expiar nuestros pecados como un don para toda la humanidad: “…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
Pero hay ciertos requisitos para tener acceso a la dádiva de Dios: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Romanos 3:21-25).
Por cuanto “todos hemos pecado” fuimos destituidos de la gloria de Dios. Pero, por medio de “la fe en Jesucristo”, lo que significa que fuimos “justificados gratuitamente por su gracia” (Gálatas 2:16), Jesucristo quitó “la pena de muerte” que pesaba sobre nosotros por medio del sacrificio de “el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8).
En Éxodo capítulo 12, leemos sobre la institución de la Pascua a la antigua nación de Israel, en la que los israelitas debían sacrificar los corderos y poner parte de la sangre en los dinteles de la puerta de cada casa. Después, esa misma noche, los miembros de cada familia debían comer la carne del cordero mientras Dios pasaba hiriendo a cada primogénito de Egipto: “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto” (Éxodo 12:1-13).
De acuerdo con las instrucciones originales, todos aquellos que participaran del sacrificio del cordero serían librados de la muerte. Si los israelitas no hacían caso o si desobedecían la advertencia de Dios, sus primogénitos morirían de la misma forma que los de los egipcios. El sacrificio de la Pascua era un requisito para que ellos pudieran ser librados de la muerte.
En el Nuevo Testamento se nos habla de que el cordero pascual sacrificado en el tiempo del éxodo prefiguraba el sacrificio futuro de Jesucristo: “Andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2).
Jesucristo nos libró de la paga del pecado que es la muerte eterna (Romanos 6:23). Pero, para hacer válida esta dádiva debemos aceptar a nuestro Salvador, Cristo, y ser sepultados juntamente con él—bautismo—desechando el pecado (Romanos 6:1-4; Gálatas 2:20), sustituyéndolo con la luz de la justicia de Dios que es su ley: “pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).
Pero cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador personal, nuestros pecados nos son perdonados. Somos reconciliados con el Padre, por lo que debemos apartarnos de practicar el pecado, sustituyéndolo por la justicia de Dios que es la ley de nuestro Creador como lo dice Romanos 6:17: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”.
Cuando llegamos a este momento, es necesario que seamos conscientes de que somos siervos de Dios para toda buena obra dando frutos buenos a fin de alcanzar la vida eterna: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:22).
Jesucristo pagó con su sangre preciosa la pena de muerte que pesaba sobre nosotros. Cuando nos arrepentimos y nos bautizamos debemos esforzarnos siendo muy valientes en el camino de vida al que se nos ha llamado a perseverar día a día, porque tenemos la certeza que “nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).
Siempre, pero sobre todo en esta época, entendamos cuán maravilloso es el hecho de que, como el Cordero de Dios, “Cristo, nuestra Pascua”, haya sido sacrificado por nosotros.
¡No menospreciemos ese acto de amor de nuestro Creador!
— Por Jorge Iván Garduño
