En diversas ocasiones, la vida cristiana ha sido comparada con una maratón. Esta analogía se adapta muy bien debido a que la maratón es una competencia que requiere perseverancia, en la que sólo pueden competir los atletas excepcionalmente dotados para el esfuerzo físico prolongado, poseedores además de gran fuerza de voluntad para soportar los extenuantes entrenamientos a los que deben someterse.
Es por esto que la maratón es una carrera en la que la meta máxima no es precisamente ganar, sino terminarla—sobrevivir. Los corredores que acaban de competir en una maratón son ganadores sin importar cuántos, antes de ellos, la terminaron.
En la Iglesia los cristianos no están compitiendo para un puesto en el Reino de Dios. Ninguno puede ser vencido por otro. Una vez que Dios lo haya escogido, sólo hay un modo en que no podrá ganar—si se da por vencido y se retira de la carrera. “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13).
En una maratón de 42 kilómetros, que se ha convertido en uno de los concursos más arduos de los deportes de competencia, los corredores saben que tienen que atravesar una barrera invisible para poder llegar a la meta. Esa barrera invisible es un umbral físico y sicológico de dolor, que puede ser desastroso para el corredor que no está totalmente preparado para soportarlo. Y este fenómeno ocurre cuando la mayor parte de la carrera ya está recorrida.
Un corredor de maratón experimentado sabe que los dos primeros tercios son los preliminares hacia un preludio del verdadero reto: el último tercio, donde algunos corredores sufren extrema fatiga, por lo que sienten el peso de esa barrera invisible sobre sus cuerpos cansados y les acomete el deseo de detenerse un poco o de abandonar definitivamente la competencia.. Es entonces, luego de diversas etapas de fatiga durante la carrera, cuando tienen la impresión de haber llegado al límite de sus fuerzas.
Preparación espiritual “en los postreros tiempos”
Esta barrera física y mental es muy común en los deportistas, pero también sucede con los que corren la carrera cristiana. Por cualquier razón, después de años de servicio aparentemente fiel y leal a la Iglesia de Dios, algunos cristianos abandonan la carrera. “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1 Timoteo 4:1).
Para algunos, esas palabras se han cumplido, para otros se están cumpliendo y para otros más, se cumplirán en un futuro cercano; lo cierto es que, la palabra de Dios nunca deja de ser y se aplica en todo momento, por lo que resulta más evidente hoy en día lo dicho por Jesucristo: “Mas el que persevere hasta el fin…” (Mateo 24:13).
Se calcula que el número de los que no terminan las maratones se aproxima al 20 por ciento, aunque algunos calculan porcentajes mucho más altos.
También la Iglesia de Dios cuenta con cifras de individuos que la han abandonado. Asimismo, algún día los cristianos tendremos que confrontarnos con nuestra propia barrera y tenemos que asegurarnos de estar preparados para sobreponernos a ella; para luego seguir preparándonos para la siguiente “barrera”.
Las herramientas para nuestra preparación
Debemos entender que quien incita a que un individuo se dé por vencido y desista después de haber corrido la mayor parte de la carrera cristiana es Satanás, quien “como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8). Por lo que el Eterno nos exhorta: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41).
Quienes se han mantenido fieles hasta ahora en la Iglesia de Dios tendrán que confrontar sus propias “barreras espirituales”, como tal vez lo han hecho en el pasado y lo seguirán haciendo hasta alcanzar la meta: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12).
Mantenerse en el mejor estado físico posible para un concurso tan exigente como la maratón, es un principio tan básico que la mayoría de los expertos están de acuerdo en que el corredor de maratones debe dedicar por lo menos tres horas diarias al entrenamiento para poder mantenerse en excelentes condiciones, por lo que resulta difícil imaginar a individuos que no se preparan participando en una carrera.
El ejercicio diario lo mantiene a uno en la plenitud de sus fuerzas físicas y mentales, lo mismo sucede al referirnos al estado espiritual del cristiano; en cuanto a esto, Dios nos proporciona medios para mantenernos en el mejor estado espiritual que sea posible a través de la oración diaria, el estudio y meditación diligente de la Biblia, el ayuno; sin dejar de lado el consejo ministerial, que es una excelente herramienta.
La exhortación a orar y estudiar frecuentemente, sólo por mencionar dos ejemplos, son algo tan importante para nuestra salvación espiritual, que debemos convertirlas en un hábito de nuestras vidas, y son algo que puede significar la diferencia entre terminar la carrera o abandonarla en alguna parte a lo largo del camino (Efesios 6:18; Juan 5:39).
No existe una fórmula determinada o una duración de tiempo fijada por Dios que nos permita mantenernos en un excelente estado espiritual, aunque repetidamente se nos dice que oremos, ayunemos y estudiemos y seamos ejemplo haciendo buenas obras. Estas cosas requieren la dedicación diaria de cierto lapso de tiempo.
Sea cual sea su rutina específica, mientras más tiempo dedique a las cosas de nuestro Creador, más preparado estará cuando vengan las adversidades o las tribulaciones, que de seguro llegarán.
Corramos con paciencia
Lo más importante para tener presente mientras corremos hacia el supremo llamamiento de Jesucristo, es que no es necesario un ritmo veloz. La carrera cristiana, como la maratón, es un recorrido de constancia y paciencia.
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12.1).
Es admirable el ejemplo de dedicación, valor y extrema disciplina practicados por los corredores de maratones en su búsqueda de una corona corruptible, ¿cuánta más dedicación, valor y disciplina debemos manifestar mientras corremos hacia el Reino y Familia de Dios?
“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro…no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:24-26).
Hemos sido llamados para correr una gran carrera. ¿Acaso correrá usted la mayor parte de la distancia para después darse por vencido cuando tenga que enfrentar pruebas que le parecerán imposibles de vencer?
Debemos correr con paciencia la carrera cristiana, ya que al igual que los atletas, que tienen una preparación especial y deben abstenerse de ciertas cosas con el fin de elevar su rendimiento, nosotros, perseverando hasta el fin, debemos: “estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra” (2 Tesalonicenses 2:15).
— Por Jorge Iván Garduño
